Ricardo Calderon Gonzalez (Queens University, Belfast, Ireland) ha enviado este Post del http://www.sciencealert.com sobre el Movimiento anti-vacunas.
Por culpa de los anti-vacunas, 37 personas han muerto de sarampión este año
Un brote de sarampión está arrasando Europa, provocando un alto número de víctimas. En la primera mitad de 2018 hubo 41.000 casos registrados de esta infección viral fácilmente prevenible.
Este periodo de seis meses ha visto casi doblar el mayor número de casos anuales desde 2010 (que fue de 23.927 en todo 2017), y 37 vidas perdidas debido al sarampión. Y según expertos de Estados Unidos, esto es a lo que América se puede enfrentar también si los padres no vacunan a sus hijos.
“Tenemos una situación muy seria”, indicó a la NBC el doctor Alberto Villani del Hospital Pediátrico Bambino Gesù y presidente de la Sociedad Pediátrica Italiana.
“La gente está muriendo de sarampión. Esto era increíble hace cinco o 10 años”.
Y si, sin lugar a duda, la razón de la gravedad del brote es el descenso en las tasas de vacunación. Con el fin de prevenir brotes, al menos el 95 por ciento de la población debe ser vacunada con dos dosis de la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubeola).
En algunas partes de Europa, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la cobertura de vacunación es inferior al 70 por ciento.
“Es el principal factor causante de brotes”, indicó a la NBC Anca Padaruru de la Comisión Europea en Bruselas. “Es inaceptable tener en el siglo 21 enfermedades que deberían y podrían haber sido erradicadas”.
El sarampión está actualmente en aumento en Estados Unidos. El año pasado vio el peor brote en Minnesota en décadas, y a comienzos de este año hubo otro en Nueva York. Hay un brote ocurriendo ahora mismo en Brooklyn, con seis casos surgidos la semana pasada, todos ellos en niños no vacunados (uno de ellos demasiado joven para haber recibido la vacuna).
El año pasado el Centro de Control de Enfermedades norteamericano estudió el número creciente de brotes en los Estados Unidos, y encontró que el 70 por ciento de nuevos casos se da en pacientes no vacunados.
Tal y como informamos entonces, el movimiento anti-vacunas ha estado creciendo en los últimos años, en parte gracias a un fraudulento (y retractado) estudio realizado en 1998 por el exmédico Andrew Wakefield, al que se le retiró el derecho a ejercer en Reino Unido por mala práctica.
El estudio de Wakefield usó deliberadamente datos falsificados para realizar la fraudulenta declaración de que había un vínculo entre la vacuna triple vírica y el autismo (posiblemente para eliminar la competencia a una vacuna alternativa frente al sarampión que él mismo había patentado).
Aunque investigaciones posteriores han encontrado que no hay ningún vinculo entre las vacunas y el autismo, mucho menos de causalidad, muchos aún creen en ello y rechazan vacunar a sus hijos (incluida la vacuna triple vírica).
El sarampión ha sido eliminado de los Estados Unidos (es decir, que no hay nuevos casos que se originen en el país), pero surgen brotes importados del exterior. El brote de Nueva York fue causado por un turista, y el actual brote de Brooklyn fue el resultado de un niño sin vacunar que viajó a una zona de Israel en la que se estaba dando un brote.
“Lo que está pasando en Europa está sucediendo ahora en Estados Unidos, de momento a una escala más pequeña”, indica Peter Hotez, director Centro para el Desarrollo de Vacunas del Hospital Infantil de Texas en la Facultad de Medicina de Baylor.
Pero podría ser mucho peor si no se hace algo. Un artículo científico de 2014 encontró que los esfuerzos para corregir la información incorrecta eran tristemente inadecuados en comparación con el esfuerzo común llevado a cabo por los defensores de la campaña anti-vacunas, que usan internet para expandir su mensaje anti-ciencia.
Este mensaje es mucho más peligroso de lo que puedes pensar en un principio: si solamente el cinco por ciento de una comunidad rechaza vacunarse, esto puede tener un efecto desproporcionado en la salud pública, triplicando la tasa anual de sarampión.
Esto, a cambio, no afecta sólo a los pacientes, si no a toda la comunidad, aumentando la carga de trabajo en los hospitales y costando 2,1 millones de dólares a la sanidad pública, según estimaciones conservadoras.
El sarampión es también terriblemente contagioso, y potencialmente mortal, especialmente en niños pequeños. En 2016 hubo 89.780 muertes debidas al sarampión en todo el mundo, la mayoría de ellas en niños menores de 5 años.
Y en la década anterior a la introducción de la vacuna triple vírica en 1963, había entre 300 y 700 muertes registradas anualmente en Estados Unidos debidas al sarampión.
“La gente no las ve y entonces se olvida de ellas o piensa que las enfermedades ya no existen” comenta el profesor de medicina Jeffrey D. Klausner de la Universidad de California en Davis.
“No se dan cuenta de que su hijo puede sufrir meningitis, encefalitis y daño cerebral permanente debido al sarampión”.

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Que todo niño y niña sean vacunados de sarampion, por favor!!
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Ricardo Calderon ha compartido este documento para el Blog. Que no se quede ningún niño o niña sin la vacuna del sarampion.
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El escudo invisible: Por qué la evidencia científica es la mejor vacuna contra la desinformación para el sarampión.
¿Te imaginas que una enfermedad mortal que ya considerábamos bajo control regrese con fuerza en pleno siglo XXI? No es una hipótesis; es una realidad alarmante. A pesar de contar con herramientas médicas sumamente eficaces, Europa y América están experimentando un preocupante resurgimiento del sarampión. Este fenómeno no se debe a una mutación del virus, sino a un enemigo mucho más difícil de contener: la desinformación y el auge de los movimientos anti-vacunas.
Como bien expone el relato ilustrado de Principia, Vacunas: cuando la evidencia es lo que cuenta (2015), la inmunización es el resultado de siglos de observación, ensayos clínicos y un compromiso inquebrantable con la verdad empírica. Cuando se ignora la evidencia, las consecuencias se miden en vidas humanas.
Los datos recientes son contundentes y desmitifican la idea de que el sarampión es una simple «enfermedad de la infancia» inofensiva. De acuerdo con reportes epidemiológicos globales recopilados por plataformas de alerta científica como ScienceAlert, en la primera mitad de 2018 se registraron más de 41.000 casos de sarampión en Europa. Esta cifra prácticamente duplicó el total de casos anuales reportados en todo 2017 y cobró la vida de 37 personas en solo seis meses.
Expertos internacionales, como el doctor Alberto Villani del Hospital Pediátrico Bambino Gesù y presidente de la Sociedad Pediátrica Italiana, han calificado la situación de extrema gravedad: «La gente está muriendo de sarampión. Esto era increíble hace cinco o diez años».
La causa raíz de este retroceso sanitario es matemática y social: el descenso crítico en las tasas de cobertura vacunal. Para mantener a raya un virus tan contagioso como el del sarampión, se requiere alcanzar lo que los epidemiólogos denominan inmunidad colectiva o de rebaño.
La inmunidad de rebaño no es un concepto abstracto. Funciona de manera muy sencilla: cuando un porcentaje muy alto de la población está inmunizado, el virus no encuentra cuerpos disponibles para replicarse y saltar de una persona a otra. Esto corta la cadena de transmisión y protege automáticamente a quienes no pueden vacunarse de forma legítima, como los recién nacidos (demasiado jóvenes para la dosis), pacientes oncológicos en quimioterapia o personas con sistemas inmunes debilitados.
Para el sarampión, el umbral de seguridad es sumamente exigente: al menos el 95% de la población debe estar vacunada con dos dosis de la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubeola).
Lamentablemente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que en varias regiones de Europa la cobertura de vacunación ha descendido por debajo del 70%. Al caer el escudo protector, el virus avanza sin resistencia. Como señala Anca Padaruru de la Comisión Europea en Bruselas: «Es inaceptable tener en el siglo XXI enfermedades que deberían y podrían haber sido erradicadas».
El movimiento anti-vacunas moderno tiene un punto de partida histórico bien documentado: el año 1998. En esa fecha, el exmédico británico Andrew Wakefield publicó un estudio fraudulento en la revista The Lancet, afirmando que existía un vínculo causal entre la vacuna triple vírica y el desarrollo del autismo.
Investigaciones médicas y periodísticas posteriores demostraron que Wakefield utilizó datos deliberadamente falsificados para favorecer una patente alternativa de vacuna que él mismo poseía. Aunque la revista se retractó por completo y a Wakefield se le retiró de forma permanente la licencia para ejercer la medicina en el Reino Unido por mala práctica, el daño en la confianza pública fue masivo.
Para desmentir este mito, se han realizado investigaciones masivas y rigurosas. Uno de los análisis más extensos, publicado en el prestigioso New England Journal of Medicine, evaluó a cientos de miles de niños a lo largo de los años y ratificó de forma inequívoca que no existe ningún vínculo ni relación de causalidad entre las vacunas y el autismo. A pesar de esta abrumadora evidencia, los grupos anti-ciencia continúan explotando internet y las redes sociales para diseminar información incorrecta, superando con creces la velocidad de los esfuerzos de salud pública tradicionales por desmentirlos.
El impacto de que una pequeña minoría (tan solo el 5% de una comunidad) decida rechazar la vacunación tiene un efecto desproporcionado en la salud de todos. El sarampión es altamente contagioso y potencialmente mortal. Antes de la introducción de la vacuna en 1963, causaba cientos de muertes anuales en países desarrollados y, según datos históricos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), en el año 2016 provocó 89.780 muertes en todo el mundo, afectando principalmente a niños menores de 5 años.
El olvido social de estas tragedias es parte del problema. El profesor de medicina Jeffrey D. Klausner destaca que, al dejar de ver la enfermedad en el día a día, la gente asume que ya no existe, olvidando que el sarampión puede derivar en complicaciones letales o crónicas como la meningitis, la encefalitis y el daño cerebral permanente. Además del incalculable costo en vidas y sufrimiento, los brotes sobrepasan la capacidad hospitalaria y generan gastos millonarios a los sistemas de salud pública. Vacunas y Sostenibilidad: El pilar invisible de la Agenda 2030
La resistencia al negacionismo y la promoción de la inmunización universal no son debates circunscritos exclusivamente al ámbito clínico o de los laboratorios farmacéuticos; constituyen una pieza angular en la arquitectura del desarrollo global sostenible. Esta lucha se integra de manera directa e indisoluble con el Objetivo de Desarrollo Sostenible 3 (ODS 3): Salud y Bienestar, coordinado globalmente por las Naciones Unidas.
El ODS 3 establece un mandato claro para la comunidad internacional: garantizar una vida sana y promover el bienestar de todas las personas en todas las edades. Entre sus metas operativas más explícitas se encuentra poner fin a las epidemias de enfermedades transmisibles y lograr la cobertura sanitaria universal. Las vacunas son tipificadas en este marco como la inversión en salud pública más costo-efectiva de la historia de la humanidad.
Cuando la desinformación y el negacionismo logran mermar la confianza en la inmunización, el impacto macroeconómico y social es devastador. Las epidemias prevenibles saturan los sistemas de atención primaria y hospitalaria, detienen la actividad productiva, profundizan las brechas de pobreza en comunidades vulnerables y desvían recursos financieros críticos que de otro modo se destinarían a la educación, la infraestructura y la transición ecológica. Vacunas y Sostenibilidad: El vínculo fundamental con el ODS 3
Este desafío sanitario global está directamente conectado con la agenda internacional de desarrollo. Específicamente, se alinea con el Objetivo de Desarrollo Sostenible 3 (ODS 3): Salud y Bienestar, impulsado por las Naciones Unidas.
El ODS 3 busca garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos a todas las edades. Una de sus metas prioritarias es poner fin a las epidemias de enfermedades transmisibles mediante el acceso universal a vacunas seguras, eficaces y asequibles.
Cuando combatimos la desinformación de las corrientes anti-vacunas con rigor y evidencia científica, no solo estamos defendiendo la salud individual; estamos construyendo una infraestructura social sostenible. Los sistemas de salud libres de brotes prevenibles pueden destinar recursos a otras áreas críticas del desarrollo. La inmunización es la piedra angular para lograr una sociedad equitativa y resiliente ante las amenazas biológicas. Conclusión: La evidencia es lo que cuenta
La ciencia avanza cuestionando sus propias certezas, pero siempre exige datos reproducibles para validar un argumento. El negacionismo opera al revés: se aferra a un dogma emocional o un bulo desacreditado y descarta la realidad estadística.
Frente al resurgimiento del sarampión en comunidades vulnerables, la mejor respuesta es la divulgación científica activa, clara y desprovista de tecnicismos innecesarios. Detrás de cada vacuna recomendada hay décadas de investigación, millones de vidas salvadas y un contrato social que nos protege a todos. En este blog y en el mundo real, ante el miedo infundado, la evidencia es lo que cuenta.
Fuente de la imagen: https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcTb62jKzIsI-vMcM_IM_voX-4GaUhBXlb6Viqs_658h2Oe3nnsE-P96BVU&s=10
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Desde mi perspectiva la aparición de síntomas nunca debe desincentivar la vacunación. Estar vacunado marca la diferencia entre enfrentar un virus debilitado o arriesgarse a las secuelas mortales del sarampión clásico.
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